Querido banco, vuelve a aprender tu oficio
Minidiccionario de economía. Por Luigino Bruni.
La economía nació con el hombre. Ya en la prehistoria se les presentaba
un problema económico toda vez que había recursos escasos. Y con ello se
originó también el ahorro, es decir, la renuncia a un consumo actual en
pos de uno futuro. El banco, en cambio, es un invento que se remonta a
la Edad Media, aún cuando en la antigüedad ya se realizaban actividades
de depósito y préstamo.
Ahorro y banco son dos conceptos lógica e históricamente distintos y autónomos: es posible ahorrar sin recurrir a los bancos, tal como nos enseñó J. Keynes.
El banco nace con el desarrollo de los mercados a medida que comienza a crecer la demanda de dinero por parte de los comerciantes que tenían proyectos empresariales pero carecían de los recursos financieros necesarios.
Para aquellas primeras instituciones la distinción entre préstamo para inversión (o para el mercado) y para consumo de las familias estaba muy clara. A partir del Humanismo nadie ponía seriamente en duda que el préstamo al emprendedor debía ir acompañado por un tipo de interés y muchos se oponían a su aplicación en el caso del dinero que solicitaban las familias para el consumo.
¿Por qué? El motivo es simple: el préstamo que se le da a un emprendedor conlleva la premisa de obtención de frutos futuros. En cambio, cuando se acude a éste para consumir bienes de primera necesidad, la riqueza se “destruye”, no hay una actividad productiva. Esta es la razón por la cual el único interés que los Montes de Piedad pedían a las familias necesitadas era una participación en los costes de funcionamiento del banco que, en palabras de hoy, era una institución sin ánimo de lucro.
Pero si pensamos con atención en el banco podríamos llegar a afirmar que su naturaleza normal no debería ser la búsqueda del beneficio ya que simplemente administra y arriesga recursos que no son suyos.
El banco es una empresa cívica cuyo objetivo debe trascender la obtención del beneficio. Por eso un sector bancario que genera altos dividendos pone de manifiesto una patología.
En este sentido la crisis actual nos está diciendo dos cosas fundamentales. La primera, que el sistema de incentivos y recompensas está equivocado: el mercado financiero ha remunerado demasiado a quienes asumían riesgos altos (con dinero ajeno). En segundo lugar, hemos asistido con indiferencia al proceso de transformación de los bancos, que dejaron de ser instituciones cívicas para pasar a ser especuladores.
El banco es demasiado importante como para dejarlo en manos de los buscadores de ganancias. Hay que volver a civilizar el sistema bancario para relanzar todo el pacto social que cohesiona nuestras complejas sociedades.
Bienvenido el “beneficio” (siempre que no se convierta en el objetivo)
La cuestión sobre la naturaleza del beneficio siempre estuvo en el centro de la teoría económica clásica. Para Smith era una remuneración del capital, para Marx una explotación y para Schumpeter (ya en el siglo XX) el premio que recibe la innovación. Hoy no queda ni rastro de aquellos antiguos debates en los manuales de teoría económica. Ya desde sus primeras páginas podemos leer que el “objetivo” de la empresa es maximizar el beneficio, algo que se da por descontado y no se discute. Así pues, el beneficio se ha convertido en el objetivo de la acción empresarial, que se encuentra sujeta a varios vínculos (sindicatos, ética, impuestos…).
Páginas después, en algunos manuales podemos leer, normalmente en una nota al pie, que existen otras empresas “sin ánimo de lucro” que tienen objetivos distintos al del puro beneficio. Estoy convencido de que esta visión, típica de la tradición estadounidense y alejada de la tradición italiana y en cierto sentido también europea, constituye una de las tesis más desorientadoras, peligrosas y erróneas del pensamiento económico corriente.
Hace tan sólo unas décadas, los libros de economía afirmaban que quien tiene como objetivo el beneficio no es el empresario, sino otra figura: el especulador. En efecto, dicho sujeto es aquel que desarrolla una actividad económica instrumentalmente, con el objetivo de conseguir beneficios. Para este sujeto el hecho de producir zapatos, tomates, violines o libros es bastante irrelevante: lo importante es que den dinero. El objetivo del emprendedor, en cambio (como nos decía, por ejemplo, Luigi Einaudi) no es el beneficio, sino precisamente un proyecto, una empresa.
Para un emprendedor, el beneficio es esencialmente una señal de que la empresa, su proyecto, se está desarrollando bien. El beneficio no es más que la punta del iceberg de la riqueza o del valor añadido; bienes, servicios y puestos de trabajo son componentes coesenciales de la riqueza que una empresa produce. Además, el beneficio, como nos sigue recordando la buena teoría económica, tiende a anularse cuando el mercado funciona bien. Es cierto que la empresa que no produce riqueza o valor añadido no contribuye al bien común, pero, repito, el beneficio es algo demasiado pobre como para convertirse en el objetivo de una empresa, porque no justifica dejarse la vida en un proyecto.
Cuando el beneficio se convierte en el verdadero objetivo, toda la economía y la sociedad se empobrecen. La actividad económica se hace instrumental si carece de valor intrínseco. Estoy convencido de que cuando una economía o un sistema económico ven a la empresa como una máquina de producir beneficios, no hacen sino empobrecer la vida en común, porque restan espacio a las pasiones humanas y a la vida (recordemos que la economía es vida). La historia nos enseña que las civilizaciones avanzan cuando hay más emprendedores que especuladores y retroceden cuando ocurre lo contrario. ¿No será esto lo que nos enseña esta crisis?
Nota: El texto pertenece a “ABCDEconomía”, publicado por el semanario italiano Vita entre el 2 de febrero y el 22 de mayo de 2009.
http://www.ciudadnueva.org.ar/revista/529/economia/redescubri




