La participación política: Democracia en evolución
Los hechos que han sacudido el norte de África expresan un mensaje inequívoco: “la libertad no es un invento de Occidente”. Y la lucha por la democracia “representa el mayor desafío de nuestros tiempos”, escribió el economista indio Amartya Sen en su libro La democracia y los demás.
Que la demanda de libertad y de justicia, además, esté acompañada por la reivindicación de la democracia confirma que este concepto sintetiza no sólo un reducido conjunto de reglas sino también un horizonte de ideales y significados que trascienden la rigidez institucional de la liberal-democracia tal como se aplicó en Occidente.
En efecto, es paradojal que precisamente suceda en un momento histórico en el que se habla de pérdida de credibilidad del modelo democrático, de la disminución de la confianza en las instituciones políticas, del alejamiento de los partidos, de la percepción de una difusa corrupción de los poderes públicos...
Además, marginación y exclusión social son dramáticas realidades que modifican las relaciones públicas de quienes ven condicionadas sus posibilidades de desarrollo. Hay que preguntarse entonces hacia dónde vamos: ¿crece la consolidación elitista de la estructura social?
En este marco, la participación representa una verdadera opción en torno de la que giran concepciones y perspectivas de la convivencia. Numerosos estudios comparados confirman que en los procesos de homologación cultural y de concentración de los recursos económicos no se verifica una mayor calidad democrática. En ese sentido, elegir la participación significa explorar un territorio del que sólo conocemos los límites y emprender un operativo fundacional impulsando hacia adelante, una vez más, la búsqueda de una “regla” para la convivencia.
Es evidente que siguiendo este sendero nos alejamos rápidamente del perfil genérico y retórico con el que suele hacerse referencia a la participación. Por el contrario, conlleva que las políticas públicas cooperen ante todo para reforzar el nivel de cohesión social, de diálogo y de integración progresiva entre estilos de vida diferentes, porque antes de “tomar parte” hay que “sentirse parte”.
Con frecuencia, en medio de los trances intrincados y trabajosos de la deliberación política se invoca una decisión rápida y clara; pero una concepción auténticamente policéntrica de la democracia no se ajusta a estas tendencias. Cuando tenemos que elegir entre una acción terminante que ponga fin a las incógnitas o una cuidadosa operación que enfrente mano a mano el enredo entre los diferentes factores hay que recordar que la democracia no tiene que ver con sencillos y espectaculares atajos, no pasa por la soledad de los “decisionistas”, de las elites tecnócratas, sino por un largo camino de búsqueda y aprendizaje, de creatividad y responsabilidad.
En consecuencia, después de una etapa en la que en el debate político se privilegiaron los aspectos procedimentales de la democracia y el mecanismo electoral que entrega a los ciudadanos poco más que una opción –la de aceptar o rechazar un tipo de gobierno–, hoy se investigan caminos alternativos. Otros contenidos democráticos adquieren cada vez más relieve y se profundiza una concepción más compleja de la idea democrática, más en sintonía con la dimensión relacional de nuestro ser en sociedad.




