La perspectiva de la fraternidad
Por Juan Esteban Belderrain para Ciudad Nueva
Se asoma a los escenarios políticos una nueva racionalidad, que parte de la dimensión relacional del ser humano y de su capacidad de amar. Bases para reflexionar y actuar desde un nuevo paradigma.
Mi sueño es que un día los hombres (...) se den cuenta de que han sido creados para vivir juntos como hermanos (...); (y) que la fraternidad (sea) la palabra de orden del hombre de gobierno.
Martín Luther KingEl emblemático y viejo lema del movimiento revolucionario francés: "Libertad, igualdad, fraternidad" vuelve a interpelarnos. Este ideal implicaba iguales garantías personales para ejercer los derechos, un sentido de solidaridad social y el reconocimiento de todos los individuos como ciudadanos en una sociedad de iguales. De los tres principios, numerosos países lograron aplicar, en determinados campos, la libertad o la igualdad. Pero estas aplicaciones, al ser parciales, generaron profundas desigualdades o negaciones de la libertad. Esto, se debió, entre otros factores, al "olvido de la fraternidad", que fue más declamada que puesta en práctica.
El paradigma de la Unidad
En 1994, el decano en la Universidad de Lublin, Adam Biela, al otorgar a Chiara Lubich el doctorado honoris causa, dijo que su movimiento carismático genera una corriente de pensamiento y espiritualidad que demanda un "giro copernicano" en las ciencias sociales".
¿En qué consiste este cambio? Frente a la visión restringida y egoísta del individuo que prevalece en las ciencias sociales modernas -incluida la política-, Lubich dice: "el hombre es capaz de amar". Aún más, la naturaleza más íntima del hombre no es individualidad sino relación, vínculo. Por lo tanto, en el hombre no sólo hay egoísmo, autointerés, sino también capacidad de donación y de reciprocidad; capacidad de generar un "nosotros", sin perder de vista la propia identidad. Comprender lo humano, es comprender su unidad en la diversidad y su diversidad en la unidad.
Esto tiene profundas implicancias en el campo político, y pone de relieve un principio que expresa la posibilidad y el modo de armonizar la idea de totalidad común y de individualidad: la fraternidad.
El pensamiento de Chiara Lubich viene al encuentro de una realidad epocal que con distintas voces, y desde distintas tradiciones y perspectivas, señala esta necesidad de superación del individualismo y de unidad de la familia humana. A propósito de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 en los Estados Unidos, el Dalai Lama escribía: "Para nosotros las razones (de esos sucesos) son evidentes (...), no tenemos presente las verdades humanas más básicas (...). Todos somos uno. Este es un mensaje que la raza humana no tuvo en cuenta. El olvido de esta verdad es la única causa del odio y de la guerra".
La fraternidad, es el principio básico de la cohesión, del sentido de pertenencia a lo común. La posibilidad de conjugar libertad e igualdad. Para poner en practica este principio es imprescindible ejercer las cualidades más específicamente humanas, como la donación, el sentir con los demás y la creatividad.
Como verdadero cambio paradigmático, el principio de fraternidad tiene consecuencias inmediatas en los contenidos, en los procedimientos y en el fin de la acción política.
En relación con el contenido, lo que define al principio de fraternidad es la superación de la asimetría, propia del campo político, por la cual por influencia, persuasión, coacción o manipulación, un sujeto con poder obliga a otro a hacer algo o impide que otro u otros hagan una determinada cosa. Desde la perspectiva de la fraternidad, dicha asimetría es superada por la "mutua donación de poder". Implica, por ejemplo, cambiar los vapuleados principios de delegación y representación en la democracias modernas, por el de reciprocidad entre elector y elegido, entre gobierno y ciudadanos. La representación exige que el otro represente mis intereses. Desde la reciprocidad, la primera donación la hace el ciudadano cuando elige con su voto -da su cuota de poder- al elegido. Este, obligado por ese acto inicial, debe darle poder al ciudadano. El voto da poder para que el votado, a su vez, dé poder al elector.
Por eso, el contenido de la acción política es empoderar al ciudadano, particularmente a aquel que menos poder tiene. Se empodera al ciudadano cuando se generan las condiciones de posibilidad para su participación, no solamente a través de instrumentos formales (asambleas, elecciones, etc.), sino dándole educación, salud, seguridad, posibilidades de organización; esto es, generando las condiciones para que esa participación sea efectiva.
El método del paradigma de la fraternidad se encuentra claramente definido por el concepto de "diálogo". Entendido no como mero intercambio de opiniones o de posiciones tomadas, sino como reconocimiento del otro como hermano, que, como tal, tiene que tener la posibilidad de expresar aquello que dice, que piensa y que cree. Para Noam Chomsky "la primera forma de violencia, la primera forma de terrorismo, es no considerar al otro como un interlocutor válido". El otro, cualquiera sea su opinión, su historia, su compromiso político, su lugar, merece ser considerado, antes que nada, mi hermano y merece ser escuchado. Esta es la base fundamental del verdadero diálogo.
En segundo lugar, debemos observar que el diálogo no es un fin en sí mismo. El fin de la acción política es la fraternidad: avanzar hacia una sociedad de hermanos.
Eso significa que no es suficiente un mero consenso, que traiga como consecuencia la exclusión de un sector importante de la población. Sino que el efecto del diálogo fraterno es un proyecto político de inclusión de todos en la posibilidad de diálogo.
Entender y ejercer la política desde el paradigma de la fraternidad requiere un arte que no se improvisa, que es un ejercicio arduo. Experimentar que es posible ser hermanos; que es posible construir diálogos de calidad; que es posible comprometerse con la realidad y transformarla. Y no a pesar de la política, sino precisamente a través de ella.
por Juan Esteban Belderrain




