¿Qué callamos cuando votamos?
Por Juan Esteban Belderrain
Muchos factores concurren en la decisión de elegir una propuesta política, entre ellos también los temores. Los mismos que millones de argentinos compartimos con otros hombres y mujeres latinoamericanos: miedo a la discriminación, a la exclusión, a perder el trabajo.
Claves:
1. A veces, el voto se explica más por lo que oculta que por lo que expresa.
2. En lugares donde se tiende a castigar a quienes no piensan con la mayoría, en las cuestiones públicas, más que elegir qué pensar se elige con quién estar.
3. El éxito electoral suele ser para las propuestas que logran capitalizar buena parte de los temores sociales circulantes.
Los recientes triunfos de Mauricio Macri en las elecciones porteñas y de Fabiana Ríos en Tierra del Fuego han encendido una luz de alerta en los cálculos electorales del gobierno, de cara a los comicios de octubre. Sin embargo, la confirmación de la candidatura de Cristina Kirchner, a priori más débil que la del presidente, parecería confirmar que no ha mermado la confianza con la que el oficialismo espera un claro triunfo en la primera vuelta electoral.
Esta candidatura, ¿quiere demostrar que las derrotas fueron simplemente “tropiezos locales” frente a una tendencia nacional que se consolida? ¿O, por el contrario, es la reacción necesaria para dar lugar a las correcciones de rumbo que las derrotas electorales parciales parecen demandar?
Kirchner ha demostrado ser un lector atento y hábil de las preferencias generales cuando, después de los resultados de Misiones, supo ponerse al frente de la desarticulación de los deseos reeleccionistas de varios gobernadores aliados. Sin embargo, no es fácil en esta ocasión sacar una lección de los últimos resultados. Y quizás pocos esfuerzos sean más banales que el de pretender encontrar una palabra unívoca entre datos tan complejos y eclécticos.
Con quién estar
En esta ocasión, quizás sea mucho más importante analizar lo que la gente “calla” con su voto que lo que “dice”. Para el análisis político, a veces el silencio que se oculta detrás del voto puede ser mucho más elocuente que lo que se expresa. Así lo sugiere Noelle-Neumann en su obra El espiral del silencio, donde caracteriza las expresiones de la opinión pública como un efectivo instrumento de control social que todos los individuos de una sociedad aceptan y reconocen intuitivamente.
La principal contribución de Noelle-Neumann fue demostrar cómo se forma la opinión pública en una sociedad que tiende a castigar a los individuos que no piensan como la mayoría. Apoyándose en encuestas, la socióloga alemana identificó el miedo al aislamiento social como uno de los principales factores que componen la preferencia personal de opinión. El supuesto de fondo es que las personas, al tener que decidir sobre cuestiones públicas, no se basan en una opinión propia sino en sus propias lealtades sociales. No eligen “qué pensar”, sino “con quién estar”. Y en sociedades marcadamente discriminatorias de las minorías, siempre convendrá pensar –perdón, estar– con la mayoría.
Sin duda, la obra de Noelle-Neumann marcó un hito importante en los estudios de la opinión pública, y desnudó la presunta inocencia de las encuestas preelectorales. Siguiendo su tesis –bien aprendida por los consultores de marketing electoral– anunciarse ganador es parte importante de la estrategia para triunfar.
Elegir con miedo
Sin embargo, no pocos han criticado esta teoría señalando en ella un cierto grado de reduccionismo. Problema que se ha visto reflejado cada vez que los resultados electorales contradicen o se diferencian mucho de las encuestas previas. En efecto, hay miedos mucho más fundantes del voto o de la emisión de opinión pública que el miedo al aislamiento o, mejor dicho, hay dimensiones de la integración social más importantes que la de compartir la opinión sobre asuntos públicos, y que pueden tener un peso aún más gravitatorio en las preferencias electorales.
Para el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, por ejemplo, existe un miedo mucho más profundo que atraviesa las sociedades así llamadas posmodernas, que es consecuencia paradójica del individualismo reinante. Esta época exalta al individuo y lo muestra afectado por una fragilidad y una vulnerabilidad sin precedentes, privado de las protecciones que antes le ofrecían los vínculos y las pertenencias comunitarias. Este mundo, en el que el éxito y el hiperconsumo aparecen como promesa universal, es de hecho inaccesible para la mayor parte de las personas. El resultado –para Bauman– es que “la sal del sentido de culpa viene esparcida sobre la herida de la impotencia, infectándola. Aparece una nueva enfermedad que podríamos llamar: miedo a ser inadecuados”.
Esta es la epidemia de una civilización que ve crecer de manera escandalosa la brecha de bienes y oportunidades entre minorías ricas y mayorías pobres. En sociedades donde la competencia sustituye la solidaridad, los individuos se ven abandonados a sí mismos, enfrentados a su propia impotencia.
Sintonías y diferencias
El rechazo a los inmigrantes que las mayorías populares están consagrando con sus votos en buena parte de Europa puede interpretarse, según Bauman, como un “reflejo perverso del desesperado intento por salvar lo que queda de solidaridad local”. Lógica nada extraña, por ejemplo, a los electores de una ciudad rica como Buenos Aires, tan amenazada por la “inmigración cotidiana” que proviene de su “corona de espinas”, el conurbano bonaerense. Una alternativa política menos comprometida con los más pobres y menos permisiva con las movilizaciones populares se ve favorecida por esta lógica.
Pero es cierto también que los votantes de Tierra del Fuego mostraron sintonía con la multiplicidad de voces del electorado porteño. El temor a la hegemonía del poder central, que había tenido ya su manifestación incipiente en el referéndum de Misiones, ahora se manifiesta mucho más claramente consagrando para gobiernos locales a líderes de la oposición. En uno y otro caso se trató de poner freno a la amenaza de un estilo de poder que tiende a ser absoluto.
Sin embargo, cuando ampliamos la mirada al nivel nacional –e incluso regional– estos miedos parecen perder gravitación frente a otros mucho más extendidos. Lo evidencia el último informe de la CEPAL. Según encuestas realizadas en 2005, tres de cada cuatro latinoamericanos que trabajan temen perder su empleo en los próximos años. Esta cifra –de por sí dramática–, aumenta si extendemos la pregunta a la enorme masa de trabajadores precarios o en negro. Y más aún si el miedo a la exclusión se registra entre los ya desocupados.
En busca de propuestas
La amenaza general del desamparo es resultado de la vulnerabilidad aprendida por ingentes masas de latinoamericanos. De aquellos descendientes de las inequidades heredadas desde la época de la colonia, y de aquellos nuevos excluidos por las sucesivas crisis que han asolado la región.
Para ellos, si no hay una opción política que se erija como portadora de un proyecto de emancipación de la incertidumbre –su principal esclavitud–, habrá que votar por quienes representan, al menos, la posibilidad de que este riesgo no se incremente.
Esta hipótesis podría explicar por qué, a pesar de los síntomas de desilusión con Lula en Brasil o con Kirchner en nuestro país, las masas electorales difícilmente revierten su apoyo mayoritario a quienes representan un status quo con perspectivas de crecimiento sostenido para los próximos años. Cuánto más si junto a esta perspectiva se prometen políticas de distribución más equitativa de los beneficios del crecimiento.
De todos modos, las luces de alerta están encendidas. La candidatura que logre representar la continuidad del crecimiento económico con distribución, el cambio hacia un estilo de construcción política más respetuosa de la democracia republicana y una propuesta eficaz para la seguridad ciudadana, sabrá capitalizar buena parte de los temores sociales circulantes.
De lo contrario, en un escenario electoral con personajes poco atractivos por sí mismos, el miedo más extendido ganará la batalla. Pero será una victoria pírrica si el vencedor no logra suscitar el entusiasmo y la confianza que necesita una democracia para que funcione como tal.
Importante:
-Según la CEPAL, tres de cada cuatro latinoamericanos teme perder el trabajo en los próximos años.
-Para el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, en nuestras sociedades posmodernas individualistas e hiperconsumistas aparece el miedo a ser “inadecuado”.
