La lección de Jonás
Por Juan Esteban Belderrain
Un modo particular de enfrentar las tormentas, entender sus causas y cómo resolverlas, fue el de Jonás, el personaje bíblico recordado por haber sobrevivido tres días en el interior de una ballena.
Jonás fue enviado por Dios a Nínive –ciudad enemiga y emblema de todo mal– con la misión de anunciar al Dios de Israel, denunciar los vicios de sus ciudadanos y trasmitir la amenaza divina de su destrucción, si éstos no se convertían. Pero Jonás, enemigo acérrimo de Nínive, huyó en un barco que viajaba en sentido contrario. Prefería que Dios destruyera la ciudad, antes que sus habitantes se conviertieran y fuesen perdonados. Dios se enojó y envió una tormenta que puso al barco en peligro de naufragio. Jonás, que conocía el origen de la tormenta, pidió ser arrojado al mar y la tormenta se aplacó de inmediato. Allí fue deglutido por un gran pez y en su interior tuvo oportunidad de reflexionar y expiar sus culpas. Finalmente Dios envió nuevamente a Jonás a Nínive y logró su conversión, aunque éste nunca logró comprender por qué Dios es “tan lento para el enojo y tan misericordioso con el enemigo”.
Las actitudes y cabildeos de Jonás reflejan muy bien las tensiones y dilemas que atraviesan una oposición política.
En una democracia toda oposición tiene una doble y difícil misión. La primera y fundamental, es la discusión de las políticas públicas y el control de quien ejerce el gobierno. La segunda, es construir una alternativa al poder de turno.
Para la primera, hay un conjunto de herramientas institucionales previstas en el ordenamiento constitucional. En particular, cuando la oposición tiene representación parlamentaria, la labor legislativa debería ser la más poderosa herramienta de discusión de las políticas públicas y de control. Para ello el legislador goza de una serie de facultades de interpelación y de protecciones especiales (fueros) para preservar su trabajo de posibles amenazas del poder de las mayorías. La segunda, en cambio, es una delicada tarea de agregación de voluntades y de elaboración de propuestas propias de gobierno que hagan del grupo opositor una opción distinta y elegible para el ejercicio del poder.
Allí está el problema. “El que gana gobierna, el que pierde ayuda”, expresó en el ‘73 el líder radical Ricardo Balbín ante su archienemigo, Juan Domingo Perón, sin tomar conciencia quizás de la paradoja que encierra esta frase.
Si una oposición logra ayudar al gobierno y si éste es permeable a esta ayuda, la consecuencia natural es el fortalecimiento del gobierno, y la disminución de las posibilidades de la oposición de acceder al poder.
Al igual que Jonás, el cumplimiento de su misión es contradictorio con su interés. Por el contrario, si el interés prevaleciente es el acceso al poder nunca serán suficientes los palos en la rueda que dificulten el ejercicio del gobierno.
Por eso, estas definiciones formales de la democracia republicana se han puesto en práctica en muy rara ocasión en la historia de nuestro país. En la mayoría de los opositores, cualquiera sea su color, ha prevalecido la lógica de Jonás y eso explica, en parte, la frecuencia de “tempestades” en nuestro sistema político.
Las sucesivas crisis de gobernabilidad e, incluso, las interrupciones al orden constitucional contaron no pocas veces con el protagonismo de oposiciones supuestamente “democráticas”.
En el escenario presente, en cambio, el dato más significativo es quizás la inexistencia misma de una oposición en nuestro país. Ya sea como consecuencia de una deliberada estrategia del gobierno o de las actitudes propias de sus líderes, la oposición se encuentra fragmentada, dispersa y sin un claro eje de identificación que permita avisorar un futuro común.
La mayor parte de los países con tradición democrática han evolucionado hacia la conformación de bloques partidarios o frentes que aglutinan, por un lado, a fuerzas más cercanas a posiciones conservadoras en lo político y liberales en lo económico, y, por otro, a fuerzas socialdemócratas o, así llamadas, de centro-izquierda. En América Latina la gravitación relativa de la preocupación por el orden institucional o por la redistribución de la riqueza suele ser un claro criterio demarcador de estas posiciones.
Esta es una caracterización con trazos muy gruesos en medio de matices y excepciones, pero es claro que en nuestro país son más las excepciones que las reglas. No hay partidos nacionales con dinámicas internas democráticas, y derechas e izquierdas se distribuyen por doquier.
En 2005 cuando sectores importantes del duhaldismo fueron derrotados por Kirchner en las elecciones parlamentarias se perdió una buena oportunidad. A pesar de las buenas relaciones de Duhalde con Macri, los derrotados decidieron no romper filas con el gobierno, lo que hubiera significado el quiebre histórico del peronismo y la clara conformación de un bloque conservador.
A su vez, tampoco el gobierno logró cuajar la propuesta de “transversalidad”, lanzada tempranamente con la clara intención de abroquelar al centro izquierda. Para vencer a Duhalde el gobierno privilegió las alianzas con referentes del peronismo bonaerense y con los caudillos provinciales, estrategia que se ve obligado a continuar ahora ante la amenaza de posible fuga hacia Lavagna. A pesar de ello, el gobierno ha logrado coptar sectores importantes de la oposición mediante cargos en el gobierno o asegurando un reparto generoso de recursos para la gestión de gobernadores e intendentes de otros signos partidarios, conformando una suerte de “Consenso del Superávit Fiscal”.
Las próximas elecciones generales consagrarán la aniquilación de los partidos políticos tradicionales anunciada en el 2003. El partido justicialista, intervenido por la justicia, llega en los principales distritos electorales con candidatos elegidos, no por elecciones internas, sino por el dedo presidencial orientado por las encuestas. El divorcio de candidaturas en la ciudad de Buenos Aires y la proclamación de un candidato ajeno al distrito en la provincia de Buenos Aires son muestras elocuentes de la pérdida de gravitación de las estructuras partidarias territoriales.
El partido radical se encuentra prácticamente fragmentado y sus principales referentes dispersos en las más variadas listas. El acuerdo con Lavagna dio algo de oxígeno a este partido en etapa terminal y da al candidato el sustento político que necesita. Pero esta fortaleza es también su mayor debilidad, el lastre mayor que Lavagna arrastra para atraer votos de un electorado con la memoria fresca del fracaso de la Alianza.
El centro derecha no logró conformar una estructura nacional. La reducción de Macri a la ciudad de Buenos Aires y la pérdida de espacio de Lopez Murphy, más el desacomodo de Sobisch en los trágicos acontecimientos de Neuquén, han dejado al espacio prácticamente sin candidato presidencial propio con aspiraciones reales de poder.
La expresión más acabada de la irrelevancia de los partidos es la autoseparación del ARI por parte de su fundadora y líder, Elisa Carrió, para convocar en el nivel nacional a una “Coalición Civica” compuesta de referentes de la sociedad civil y líderes aislados de otros agrupamientos, dejando los remanentes de la estructura partidaria a su suerte en cada uno de los distritos.
Por eso será difícil que la elección de octubre del 2007 encuentre a una oposición unificada, salvo que, con el transcurrir de los meses, si las encuestas continúan anunciando el triunfo del oficialismo, el eje de identificación pase a ser: “los que están en el poder” vs. “los que no están”, lo cual nos dejará sin poder confrontar proyectos diferenciados en relación con los problemas nacionales y sus posibilidades de resolución.
Esto, a su vez, compondrá un escenario aún más peligroso, porque de este modo la oposición no podrá imponerse por exhibir la eficacia de sus gestiones de gobierno o por la claridad y contundencia de sus proyectos, sino sólo por una posible debacle del gobierno. Sólo un cóctel explosivo de hiperinflación y/o de hiperinseguridad podrían hacen mudar las preferencias de la gente hacia un bloque opositor tan heterogéneo y ecléctico.
Nuestro país no logra alcanzar las condiciones para una alternancia no traumática de gobierno, como las producidas en Brasil y en Uruguay. Los factores de desestabilización parecen estar siempre agazapados en el horizonte. Si una oposición echa mano a esos factores, o simplemente especula y se aprovecha de situaciones provocadas por los sectores conspirativos que nunca faltan en el escenario argentino, podrá conseguir acceder al poder. Pero tendrá que ejercerlo también en la soledad y en la hostilidad de esa “tormenta” desencadenada por no cumplir con su misión esencial de preservar la gobernabilidad.
La lección de Jonás indica que es mejor cumplir con la misión propia aunque los intereses parciales no se vean satisfechos en el corto plazo. Colaborar con la construcción de un orden democrático más sólido y profundo para disipar las nubes de la ingobernabilidad, hará que una oposición así construida difícilmente pueda ser menospreciada por la ciudadanía.
