¿Un país con millones de “sobrantes”?
Una de las asignaturas pendientes de la economía argentina es combatir la pobreza. ¿Qué perfil productivo deberíamos adoptar?
Una deuda pendiente de la Argentina en su bicentenario se vincula con la pobreza, que adquirió mayor notoriedad en la década del noventa, cuando pasó de un promedio de 5% a más de 40%. Nuestro país cuenta con recursos naturales y no está superpoblado, es decir, no comparte las causas que provocan pobreza en la mayor parte del mundo. ¿Cómo se explica entonces que una tercera parte de los argentinos sea pobre?
Cuando esta verdadera llaga social toma estado mediático hay argumentos variados: desde que los pobres hacen un esfuerzo impositivo mucho mayor que los ricos, hasta la adjudicación de todos los males a la corrupción pública, pasando por la discusión sobre si para revertir la pobreza es más importante la reforma impositiva o ejecutar políticas sociales adecuadas, capaces de combatir, por ejemplo, el clientelismo, la droga y la inseguridad. Sin embargo, hay un tema central que suele pasar desapercibido: la vinculación entre modelo productivo y pobreza.
En las economías modernas la participación en las riquezas se da a través de las actividades productivas, tanto en el rol de empleador, de empleado o de trabajador independiente: la primera instancia de distribución de bienes es el acceso a un trabajo digno. Pero ¿cuáles son los trabajos remunerados dignamente? En la economía, los precios determinan en gran medida las actividades rentables, al menos en principio. Sin embargo, no todas las economías generan trabajo en igual medida, lo cual está determinado por la técnica y la tecnología. Las posibilidades de generar trabajo de un determinado “perfil productivo” encuentran evidentes límites técnicos; no es sólo cuestión de imaginario popular, voluntarismo o ideología.




