Votar no es claudicar
Por Juan Esteban Belderrain para Ciudad Nueva
Este mes se renueva una parte del Congreso. Las asignaturas pendientes, los temas y los debates que no aparecen en la campaña electoral, y el significado más profundo del voto que estamos llamados a emitir.En El príncipe, Maquiavelo recomienda al gobernante que asume en condiciones de debilidad, que oriente sus primeras acciones de gobierno a aniquilar a quien sea su aliado más poderoso, porque "aquel de quien más se depende para llegar al gobierno es el primero que puede conspirar en su contra".
Difícil encontrar una lógica que explique mejor el escenario planteado en torno a las próximas elecciones. Más allá de las particularidades que se plantean en cada provincia, la ausencia de una agenda de temas nacionales o internacionales que definan las posiciones de los diferentes partidos y opciones, sin debates sobre proyectos del futuro trabajo parlamentario, queda claro que la cuestión de fondo de estas elecciones es la consolidación del poder presidencial, a partir del debilitamiento de Eduardo Duhalde. "La madre de todas las batallas", como la llamó el kirchnerista bonaerense Carlos Kunkel. O dicho por boca del mismo presidente, un plebiscito con dos únicas opciones: a favor o en contra suyo.
El fin y los medios
Nada podemos decir para oponernos a la necesidad de consolidar el poder presidencial, en un país como el nuestro, que viene -muy recientemente- de atravesar una profunda crisis de gobernabilidad (por desgracia, en algunos sectores, esto parece haber sido olvidado con demasiada rapidez). Pero lo que sí es criticable, es que se pretenda conseguir este poder haciendo uso de una lógica maquiavélica donde, una vez más, los fines pretenden justificar los medios. Así vemos convocadas para renovar la política a muchas figuras emblemáticas de la misma política que se pretende desterrar. Vemos complotados en nuevas alianzas a quienes antes parecían ser acérrimos enemigos. Vemos los recursos públicos comprometidos una vez más en actividades de campaña. Vemos las cámaras sin actividad relevante y postergadas, por inconvenientes, las cuestiones de fondo que, por el contrario, deberían protagonizar los debates públicos.
La lógica maquiavélica es clara y rigurosa para la sustentabilidad en el poder de corto plazo, pero ineficaz para provocar estrategias de transformación social y de largo plazo. El cercano ejemplo de Brasil, debería ayudarnos a poner las "barbas en remojo".
Para decidir responsablemente nuestro voto, no necesitamos saber quién levantará automáticamente su mano a favor o en contra de lo que mande el Poder Ejecutivo. Necesitamos saber quién promoverá la discusión de los temas que hoy, y en los próximos años, determinan la vida y la suerte de los argentinos.
Asignaturas pendientes
Necesitamos saber qué posición adoptará el legislador en relación con las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional, que quizás no sea urgente para el año 2005, pero que será crucial para el futuro del país en los próximos años. La Constitución Nacional determina que la facultad de contraer o arreglar deudas internacionales pertenece al Poder Legislativo. Esto significa que debería tener una discusión pública y que su resolución debería estar basada en los consensos alcanzados por las mayorías, en la búsqueda de constituir en torno al tema una política de Estado. Nada más lejos de esto que los posicionamientos y las negociaciones dependan sólo de los humores de la Rosada.
Necesitamos saber cuáles son las propuestas que el futuro parlamentario animará para profundizar la reforma de la justicia. Preocupa la continuidad de jueces federales fuertemente sospechados de falta de independencia en la época del menemismo. Como también preocupa que se pretenda nominar para la Corte Suprema a un abogado, cuyo principal antecedente es el de ser socio de un ministro de la provincia de Buenos Aires. ¿Cuáles serán las medidas que adoptará el futuro legislador para lograr que accedan a la justicia magistrados capaces, en el necesario marco de independencia de este Poder?
Del mismo modo, necesitamos saber cuáles serán sus propuestas para atraer inversiones y para promover a las pequeñas y medianas empresas, único modo genuino de combatir el desempleo y la pobreza. En éstos últimos años, se constata un crecimiento importante de nuestra economía, y es previsible que el mismo continúe durante algunos años más. Pero también es cierto que gran parte del mismo es fruto de causas externas: el aumento del precio internacional del petróleo, de los granos (en especial la soja), y del arrastre que provoca en el mercado internacional el ingreso de la demanda de bienes por parte de China e India. Un crecimiento basado sólo en estos factores, no nos puede llevar muy lejos. Se advierte pues la necesidad de consolidar el crecimiento sobre una base sustentable, que cuente con la reconstrucción de nuestra capacidad productiva y de generación de valor agregado.
Necesitamos saber quién promoverá una reforma tributaria que cambie el actual sistema regresivo, para que provoque una más justa distribución de la riqueza. La gran asignatura pendiente, sigue siendo que el crecimiento del país sea cada vez más inclusivo, para superar la pobreza y la indigencia. En este sentido, aunque seguramente no es un proceso realizable a corto plazo, es inevitable la instrumentación de medidas legislativas y políticas que apunten a la redistribución del ingreso. Seguir evitando este tema, es darle cabida al actual modelo de acumulación y concentración de la riqueza.
En estos días, se han escuchado voces desde el gobierno y desde la oposición que hablan de la necesidad de reforma de los programas sociales para garantizar su universalidad y su independencia de lógicas clientelares. Es un grave desperdicio que este período de debate público no sirva precisamente para confrontar las diferentes propuestas, de modo tal que los ciudadanos podamos identificarlas y elegir las mejores.
Votar políticas, más que personas
Es necesario reconocer que en cada provincia estas elecciones adquieren una significación particular ya que, en cada una, se pone en juego la continuidad o el cambio en la demarcación de los espacios de poder. Pero, en relación con los grandes temas nacionales, estas elecciones claramente se han desvirtuado. Desde la voluntad de los constituyentes, estas renovaciones parciales parlamentarias, en medio de un período de gobierno, tienen el sentido de generar instancias frecuentes de participación ciudadana. Pero, tal como están planteadas las cosas, las próximas elecciones constituyen un caso paradigmático de lo que Lefort denomina: "paradoja electoral". Lejos de acercar el ciudadano al poder, lo aleja. El acto eleccionario, siendo el momento emblemático de la participación del ciudadano en la vida democrática, es, a su vez, el momento de la renuncia del poder. Es el momento en el cual el ciudadano delega su cuota de poder a favor de su representante.
Por eso, si la elección se limita a elegir personas y no políticas, y si no hay actos posteriores de rendición de cuentas, el acto eleccionario es, en realidad, el que vacía de poder al ciudadano a favor del político, y el que, lejos de comprometerlos, incrementa la brecha entre ambos. Como en el caso al que nos enfrentamos: si la discusión electoral es sobre nombres y alineamientos, y no sobre proyectos y políticas, es evidente que se refuerza la delegación y, en consecuencia, se desalienta la participación.
Por eso, votar hay que votar. Pero es necesario hacerlo sabiendo que, en este contexto, si sólo nos limitamos a votar, en lugar de favorecer a la democracia, lo que hacemos es, por el contrario, reproducir y reforzar las causas de su deterioro. Votar no puede ser claudicar. Es necesario participar y forzar la apertura de los debates que las lógicas maquiavélicas pretenden postergar.




